El nuevo largometraje de Steven Soderbergh, The Christophers, explora cómo la fama pasada puede convertirse en un peso físico y emocional: Ian McKellen interpreta a un artista retirado que malvive entre recuerdos y objetos que ya no le sirven. Estrena en cines el viernes 10 de abril, y plantea preguntas actuales sobre el valor del legado creativo y la soledad en la vejez.
En la película, McKellen da vida a Julian Sklar, un creador que alcanzó notoriedad en la escena pop art de Londres en las décadas de 1960 y 1970. Ya no pinta; hoy vende mensajes personalizados en video para subsistir y habita dos casas adosadas que funcionan como archivo y prisión a la vez.
Para Soderbergh, la casa del personaje no es una simple ambientación: es una idea central. Junto a la diseñadora de producción Antonia Lowe, construyó un hogar laberíntico donde cada planta remite a una etapa diferente de la biografía artística de Julian. Esa verticalidad —del ático al sótano— condiciona tanto la narración como la experiencia visual del espectador.
Una secuencia clave recorre los cuatro pisos, el sótano y el patio trasero en casi media hora continua, y está pensada para que la cámara refleje la sensación de desorientación de quien entra en ese espacio. La nueva asistente del artista, interpretada por Michaela Coel, funciona como el punto de vista del público: al cruzar el umbral, la gravedad del lugar altera la percepción.
En el proceso de diseño del set surgió un hallazgo compartido: muchos creadores acumulan piezas repetidas, talismanes y copias de lo mismo. La casa de Julian está poblada por restos de su trayectoria —obras, objetos, recuerdos— que han dejado de tener sentido práctico y solo ocupan espacio.
- Espejos apilados y múltiples relojes que multiplican la sensación de tiempo estancado.
- Piezas y reliquias de sus proyectos pasados, tratadas como fetiches más que como objetos útiles.
- Acentos de fiesta en el sótano —una piscina y rastros de congregación— que recuerdan un pasado de celebración que ya no existe.
Soderbergh ha confesado que esa relación con lo acumulado le resulta personalmente incómoda. En los últimos años tomó decisiones drásticas para simplificar su propia vida: quemó cuadernos de trabajo que archivaban décadas de notas y borradores, y empezó a regalar parte de su colección de carteles para liberar espacio.
La anécdota de la quema no es simbólica: la realizó en una propiedad del valle del Hudson, quemando cuadernos tras repasarlos y confirmar que lo relevante ya había sido digitalizado. Para el director, ese gesto fue «catártico» y revelador: desde entonces no ha vuelto a consultar esos cuadernos.
Ese contraste entre conservar por nostalgia y vaciar por necesidad atraviesa el filme. El guion, firmado por Ed Solomon, no solo habla de memoria y reputación, sino también de cómo el paso del tiempo transforma los objetos en cargas y a los artistas en figuras públicas que comercian con su propia historia.
La apuesta formal de Soderbergh —mostrar el hogar como un personaje más, con una arquitectura que condiciona el movimiento y la sensación— busca generar inquietud sin recurrir al artificio. La intención es que el público sienta, a través del recorrido físico, las tensiones internas del protagonista.
En términos prácticos, la película funciona como reflexión sobre tres asuntos contemporáneos:
- La economía de la nostalgia: cómo la fama previa se monetiza hoy mediante plataformas y apariciones pagadas.
- El debate sobre archivos personales: qué conservar, qué digitalizar y cuándo desprenderse de objetos que ya no sirven.
- La representación de la vejez creativa: el choque entre relevancia pública y soledad privada.
Ver The Christophers ahora es pertinente porque la discusión sobre legado, consumo cultural y minimalismo reaparece en la vida real: creadores y coleccionistas están replanteando dónde termina el recuerdo y comienza la carga. La película aterriza ese conflicto en una casa que, para su director, representa un tipo de pesadilla doméstica que muchos prefieren evitar.
Estreno: 10 de abril en salas comerciales. La película invita a pensar no solo en lo que dejamos, sino en lo que decidimos conservar.
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Especialista en el séptimo arte, Javier Cortés ofrece análisis claros sobre estrenos y obras maestras del cine. Sus recomendaciones te permiten tomar decisiones informadas para tus noches de cine.